Pecaca, mientras, sucumbió fruto de la maldad, del odio que se ha aposentado en los corazones de mucha gente. Un solo golpe en la cabeza lo tumbo, y no lo iba a matar porque era fuerte, lleno de vida. Pero lo tiraron como un perro en los matorrales, al borde de la carretera, y nadie oyó sus alientos de vida, percibió su respiración jadeante, su sangre que manaba por la herida. A la orilla de la carretera, entre yerbas malas, entre piedras secas, Pecaca veía también pasar la vida como una visión ante sus ojos. Y pensaba, me dejaran irme, a mi, que tanto bien hice? Yo que dono sangre, que apago fuegos, que doy mi vida por las de los demás? Y pensaba en su niñez, allá en su barrio El Cementerio, en sus jugadas espectaculares de balonmano, y su entusiasmo con los amigos, y su pasión, los bomberos. Pero se moría y nadie hacia nada para evitarlo
Allí, porque a alguien le dio la gana de matarlo, allí, con vida a su alrededor, pero sin vida casi el, Pecaca, el bueno, moría porque alguien quiso que así fuera. Alguien que sintió, también, una depravada indiferencia hacia una vida humana. Y así se van las vidas que tanto cuestan traer al mundo en nuestro país. Matar no es nada en Republica Dominicana. Es un juego, es un impulso, es un proceder. Y como la justicia no se aplica, y como los políticos solo se preocupan por estar arriba y no arreglar las cosas, ahora una vida no vale nada, aunque para los que la pierden y sus familiares su valor es inconmensurable. Y por eso, nadie se detiene cuando se atropella a alguien en las calles o carreteras, y nadie tiene miedo de quitarle la vida a un bombero o a un policía. Hay ahora, en mi país, donde quiera, mucha gente que actúa con una indiferencia depravada hacia las vidas humanas. Y eso es absoluta y totalmente doloroso. Humanamente incomprensible. Totalmente reprochable.
Nueva York, Noviembre 29, 2005. |