MAMA LOLITA
POR TONY GARRIDO / MISALCEDO.COM
SALCEDO: A un mes de entregar su alma al Señor, el recuerdo de su rostro inmóvil irradiando santidad, agranda en mí el deseo de compartir con usted, amigo lector, algunas consideraciones y anécdotas de esta especial mujer.
Mama Lolita, nacida en Salcedo, procede de un hogar de rancia tradición cristiana por lo que la religión se fue tornando día a día como el eje fundamental de su vida. Esta mujer de carácter afable, cariñosa, tierna, le fue muy fácil transmitir a su familia las bondades de su noble corazón.
Mujer de 365 misas al año, guardadora de preceptos y centinela de conductas. Su esposo e hijos disfrutaron de la más hacendosa esposa y madre, por mí conocida.
Amparada en las grandezas del Señor y su desmedido amor por su familia, se convierte en una verdadera heroína al encaminar sus hijos por la senda del saber y el camino recto; es por eso que en su día final me fue muy difícil manejar los sentimientos de tristeza, admiración y orgullo ante la vida y muerte de Mamá Lola.
Para tener idea de su instinto materno y extrema religiosidad, les relataré unas vivencias que compartí con ella, y que jamás olvidaré.
En el mes de Noviembre del año 1975, nos encontrábamos Mamá Lola y Yo, en una clínica de la ciudad de Puerto Plata, porque mi hermana con no cumplidos seis meses de embarazo presentaba síntomas inminentes de aborto. El padre de la criatura por nacer, era el escritor Dr. Pedro Camilo, hijo de Mamá Lolita.
Los galenos recomendaron practicar cesárea, ya que temían por la suerte del producto. Nos habían advertido que no daban seguridad en los resultados, y que nos preparáramos por si sucedía lo peor. Ante esta advertencia realicé las diligencias propias para un enterramiento, y aparté un pequeño ataúd.
Introducen a mi hermana al quirófano e iniciamos una espera que parecía no tener fin. Como si hubiera sido y o el padre, nervioso, me paseaba de un lado a otro por los pasillos, y de vez en cuando, exhalaba suspiros de angustias y tormentos; en cambio, Mamá Lola lucía serena y pedía constantemente a la Virgen un milagro salvador. Las cuentas del rosario corrían raudas por sus manos mientras elevaba su rostro al cielo suplicando, suplicando. Rebuscaba en el improvisado canastillo alguna pieza para vestir al infante, o para no enterrarlo desnudo, decía.
De repente me mira fijamente, y con un vaso de agua en las manos me dice: "Tony, si al nacer muestra algún signo de vida, derrama agua sobre su cabeza y dile: Juan yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo para que si muere, no vaya al cielo si bautizar". Ignoraba yo esta prerrogativa que nos concede la Santa Iglesia ante tales circunstancias, y entre sorprendido y emocionado me disponía a realizar la santa tarea encomendada.
Súbitamente entra una enfermera a la habitación, elige una batita rosada y nos dice "Es hembra, se parece a su Madre y es un verdadero milagro que esté viva". Yo no podía creer que una criatura nacida tan a destiempo mostrara signos evidentes de buenos reflejos y normal respiración al extremo de no necesitar la asistencia de una incubadora. Mamá Lola no dejaba de alabar y agradecer a Dios y a la Virgen por esta gracia concedida, la cual era una respuesta más de su larga carrera de súplicas de favores y milagros.
Inicia mi hermana el riguroso período de cuarentena, y Mamá Lola asume el papel de madre, quien tiene vastísima experiencia en estos menesteres; sus habilidades se extreman a fin de salvar la diminuta niña, que al nacer sólo pesó dos libras y cabía holgadamente en las mullidas manos de su habuela. Durante muchos meses se encerró en su habitación y no permitía la presencia innecesaria de otras personas. Con el calor de su pecho y su amoroso aliento completó el prodigioso proceso interrumpido aquella mañana en Puerto Plata.
Karina del Milagro, fue el nombre elegido al bautizarla en alusión explícita a las circunstancias en que nació. Hoy día, la seismesina es toda una mujer radiante de felicidad y orgullosa de haber tenido la mejor abuela del mundo. |