Por Luís Almanzar
De Aracataca, un pueblo perdido en las costas de Colombia, de ahí viene el genio de la literatura latinoamericana y del mundo, Gabriel García Márquez, y lo dice, lo canta, y lo cuenta con orgullo. Entonces, por que es que en el mundo hay tanta gente que reniega de sus orígenes, que esconde el lugar real de donde vienen? Es una pregunta que me hago porque aquí en Nueva York uno se topa continuamente con gente (dominicanos, en su mayoría), las que, cuando son preguntadas de donde son, nunca te responde directamente y balbucean la respuesta o le dan a uno información falsa. De donde tú eres? Ah, bueno, yo soy de la capital, aunque mi papa es de Moca y mi mama de La Vega. El tipo nació en un campo de Moca, que se llama Jababa, cultivado de flores y donde los plátanos y la yuca se cosechan gloriosamente. No, para el resulta mas "lustroso", de mas cache, decir que es de la capital.
Y de Santiago son también muchos dominicanos, que no quieren especificar sus orígenes campesinos. Pero que hay de malo en ser del campo, o venir de los pueblos pequeños. Por que negar que uno respiro aire puro, bebió leche de vaca en jarro, monto caballo, se bañó en el río, etc.? Es algo que no entiendo.
Porque para mi, no hay nada mas bello, emocionante que llenar mi boca de orgullo y decir que soy de un pueblo que se llama Salcedo, pequeño, pobre, pero lleno de gente noble y de gran corazón. Que soy de donde son también las hermanas Mirabal, y mi pueblo queda entre Moca y San Francisco de Macorís. Que allí nací, en un barrio que se llama Rabo Duro, que después nos mudamos, mi larga familia de doce hermanos, cerca del ayuntamiento, en un casa que tenia en el patio una frondosa mata de tamarindo, que seguimos rodando por los barrios y calles de nuestro pueblo y fuimos a vivir cerca de la hoy calle hermanas Mirabal, justo al lado de la casa del diputado Luis Rene Canaan, amigo de infancia.
Yo cuento, y lo hago con mucho amor, que finalmente nos establecimos en una humilde casa casi frente al cementerio viejo en el barrio del mismo nombre. Y que alli he vivido siempre y alli, la casa humilde, es una casa proverbial, pero tristemente vacía, porque los doce de mis hermanos nos hemos repartido por el mundo.
En mi barrio, al que vuelvo siempre que puedo, jugué con mis amigos en el parquecito de javilla de todo; bola, ajedrez, pelota de la pared, a la placa, voleibol y fútbol. En ese barrio, donde a las doce del mediodía todo el mundo oía a Kaliman, el hombre increíble, me crié yo, a orgullo lo digo. Maroteando por los campos, bañándome con los "tigueres" en los ríos que hoy están secos, probablemente.
De Salcedo soy, y en la distancia cruda que me separa de mi pueblo, lo llevo adentro y son parte inseparable de mi vida los recuerdos de mi vida allá. Salcedo, pueblo de limpiabotas, de doctores, de educadores, de heroínas, de chóferes clásicos, de comerciantes recordados, de gente simple, sencilla, que siempre te abre sus puertas, incluso cuando te persiguen los cascos negros para romperte el alma. De allí soy yo y somos muchos que en Nueva York y quizás otras partes del mundo, no solo decimos que somos salcedenses, sino que traemos al pueblo aquí, y lo damos a conocer a otros. Espérame Salcedo, que como quiera que de vueltas en el mundo, terminare arrodillado a tus pies y enterrado en tu tierra fértil.
Luis Almánzar
Nueva York, noviembre 22, 2005